La ciudad de las galerías

La escala es, tal vez, uno de los aspectos más importantes que se debería manejar a la hora de hacer arquitectura. La escala y las variaciones del espacio. Un espacio se siente más confortable en tanto se sienta controlado, medido. Mientras más monumental se vuelve, tal vez más se relacione con “la ciudad”, la dimensión colectiva, pero menos se relacionará con el ciudadano, el hombre. Se siente lejano, se vuelve inabarcable.

Es fundamental aprender a manejar el uso de la escala. Si exageramos en la intimidad de un espacio, corremos el riesgo de la alienación, de quedarnos encerrados con respecto a los demás. Una perturbación del equilibrio de lo social y lo privado. Después de todo, el hombre es un ser social, no vino al mundo para estar solo.

Lo ideal del manejo de las escalas es aprender a articularlas. Una articulación tal vez más simple de lo que se suele pensar, una relación no morfológica, sino humana. Una articulación que permita libertad de movimiento. Hablamos de lo bien que sirve para unir dos espacios un desnivel, u otro espacio. Marcar, delimitar, y a la vez, unir.

¿Qué mejor conexión entre dos opuestos como lo son el “adentro” y el “afuera”, que la galería?



El corredor es un elemento de transición entre lo privado y lo público que no tiene igual, y si bien es un recorrido longitudinal, establece una relación aún más importante transversalmente. Es una herramienta longitudinal que acompañaba a la calle en el recorrido de la ciudad, pero longitudinalmente no conduce a nada y solo refuerza la idea de senda de las calles, ese espacio público cuya característica inherente es el de la continuidad.

En su sentido transversal es donde radica su aporte a la ciudad. Permitía la relación para con los demás, el paso de la seguridad del hogar hacia lo desconocido y lo que había por descubrir; el dominio del espacio público, apropiarse de él, deformarlo pero sin comprometer su naturaleza, e introducirlo a la vivienda. Articularlo a la vivienda.


Mercado Guasú y Oratorio de Nuestra Señora de la Asunción.

Los paraguayos fuimos brillantes constructores de una ciudad, analizándola desde ese punto de vista. Levantamos ciudades con características muy propias, con identidad, dando una lección de lenguaje que surgió espontáneamente y que necesariamente debió ser resultado del sentido común aplicado al contexto climático y social que al mismo Le Corbusier sorprendió.

Esta herramienta de articulación de escalas se convirtió rápidamente en un elemento de diseño arquitectónico que, cuando no se pudo o no se necesitó establecer esa relación funcional interior-exterior, debió ser al menos sugerida, como fue el caso de la Casa de la Independencia cuya “galería” apenas tiene las dimensiones necesarias para circular e ingresar a la vivienda y ni siquiera se encuentra a nivel de la calle.



No se trata de ser extremistas, sino de manejar los tiempos, los cambios y los espacios. No se trata de insertar un elemento tradicional como este en toda construcción con la excusa de una articulación, sino de comprender su importancia en una ciudad como la nuestra y tal vez encontrar la mejor alternativa para replicar el concepto.

Estos espacios semiabiertos son muy valiosos en la arquitectura paraguaya y no deben eliminarse con la excusa de que la vida social de hoy ya no tiene lugar en la calle. Se fragmentan los espacios y se diferencian las escalas cuando lo ideal sería crear una relación fluida entre ellos. Si la sociedad es la gente que se relaciona entre sí, que la sociedad sea una ciudad entera mediante la arquitectura, mediante las articulaciones. Debemos volver a reconocernos en las galerías, debemos proyectar más espacios intermedios y menos espacios herméticos para que la ciudad sea una parte de todas las unidades individuales; parte de cada vivienda.

Es una manera de apropiarse de identidad, de embriagarse de sombra.

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